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Beyonce y las realidades simuladas de EEUU

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PITTSBURGH, Pensilvania, EE.UU. (AP) — La hermosa modelo en la portada no es tan flaca ni su piel tan perfecta. ¿Ese reality show que nunca te pierdes? Quizás no lo creas, pero su drama no es 100% improvisado. ¿Y qué decir de esa diva que habría cantado el himno sobre una pista con su voz previamente grabada? ¿Y qué? Era su gran momento y quería sonar lo mejor posible.

En la Estados Unidos de hoy, de incontables pequeñas maneras, gran parte de lo que vemos no es exactamente lo que parece. Y lo sabemos, pero a menudo no nos importa porque lo que percibimos nos agrada mucho más que lo que habría sido su versión verdadera.

Si Beyonce cantó o no en la inauguración presidencial la semana pasada es, superficialmente, la clásica tempestad en un vaso de agua. Pero el debate revela algo importante de la sociedad y la gran interrogante ya no es si lo que es real importa sino si puede competir con lo que no lo es.

“Es como si la falsedad se volvió satisfactoria”, dijo Jonathan Vankin, coescritor de “Forever Dusty”, un musical que dramatiza eventos en la vida de la difunta cantante de soul Dusty Springfield.

“Creo que casi todo el mundo sabe que constantemente nos alimentan de irrealidades. Y aún así parece ser poca la curiosidad por descubrir lo que en realidad ocurre”, agregó Vankin, quien también ha escrito extensamente sobre cómo los acontecimientos históricos son representados en escenarios ficticios.

Muchos, incluso algunos admiradores y amigos de Beyonce, consideran ridículo el debate de la inauguración porque después de todo, incluso si dobló, lo estaba haciendo sobre su propia voz. Es un argumento justo que sin embargo obvia dos aspectos de las actuaciones en vivo.

Primero, lo que muchos consideran como un contrato implícito entre un artista y el público presente, la expectativa de que el público merece una actuación en el momento que podría verse afectada por su propia presencia. Si eso no sucede, mejor quedarse en casa y oír a la artista en un iPod. Segundo, la versión de la voz de Beyonce grabada en un estudio, con la potencial ayuda de la tecnología, podría ser muy distinta a una producida en vivo en un ventoso día de invierno.

“La realidad es complicada, embrolladora e incierta. Queremos que sea empaquetada y claramente etiquetada”, dijo Mark Carnes, autor de “Past Imperfect: History According to the Movies” e historiador de la universidad Barnard College. “Preferimos la claridad de una grabación que la cacofonía del mundo que nos rodea”.

Y no se trata sólo de música. Ejemplos de pequeños artificios aparecen por doquier en la cultura estadounidense. Tanto, que a duras penas nos percatamos de ello.

Damos por hecho que los Cheetos y Doritos son de un naranja brillante porque ese es el color que nos dice “queso de verdad”. Compramos velas Yankee Candles llamadas “Hogar Dulce Hogar” que evocan “una reconfortante mezcla de canela y especies con un toque de té recién colado” aun cuando no tenemos la más mínima intención de cocinar. Compramos palomitas de maíz con “mantequilla de cine” que no tienen nada que ver ni con cine ni con mantequilla.

Y los retoques de las fotografías digitales: las herramientas del artificio, una vez sólo accesibles a profesionales, se han democratizado. Ahora millones de manipuladores pueden borrar manchas, rasgos no deseados y a personas completas de una foto.

Pero es el mundo del entretenimiento donde esta noción juega un papel más amplio.

La sórdida saga de Lance Armstrong, que parece tener poco en común con el asunto de Beyonce, puede enseñarnos algo. Claro, lo principal aquí es que él se drogó, hizo trampa e intimidó a aquellos que lo expusieron. Pero él, también, ofreció una actuación pública no tan real y violó el contrato implícito con sus espectadores.

En una nación ya disgustada por la parcialidad de los medios (una encuesta de Gallup mostró en septiembre que el 60% de los estadounidenses confían poco o desconfían del todo en los medios de comunicación), ¿tienen estos ejemplos algún efecto a largo plazo? Es difícil de medir, pero si las pequeñas cosas de la vida no son lo que parecen, ¿qué le depara el futuro a nuestra sociedad?

“Quizás, sólo quizás, estamos un poco cansados de que nos engañen”, dijo Virginia Lee Blood, una música y cantante de Nashville, Tenesí.

Más allá de eso, ¿nos estamos creando expectativas poco realistas sobre el mundo? ¿Cómo puede ser esa rebanada de queso de verdad si no es anaranjada ni sabe a Cheetos o Doritos? ¿Cómo puede uno estar satisfecho con su pareja si por todos lados nos invaden imágenes de seres humanos perfectos? ¿Y cómo convencer a una jovencita que quiere llegar a ser como Beyonce de que, si practica y trabaja duro, podría cantar un día el himno nacional en un importante evento?

Hasta Kurt Cobain, cuya música fue considerada por muchos como una explosión de autenticidad en la industria del espectáculo, forcejeó con el asunto. En su nota de suicidio en 1994 habló una vez más, esa vez sobre fingir su entusiasmo en el escenario. “El peor crimen que se me ocurre”, escribió, “sería estafar a la gente fingiendo”.

Claro, su banda Nirvana también produjo una línea que encapsuló la era en la que vivimos, y que quizás sirva como el último veredicto en este asunto: “Aquí estamos ahora. Diviértannos”.

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